quarta-feira, 13 de abril de 2016

El ‘puente de Eiffel’, obra del ingeniero riojano Pelayo Mancebo de Ágreda

El 25 de marzo de 1886 miles de personas se arremolinaron en las dos orillas del río Miño para ser testigos de un gran acontecimiento. Aplausos, vítores, himnos nacionales, pirotecnia varia… Los de la margen derecha eran españoles, mientras que los ocupantes de la ribera izquierda eran portugueses. Aquel día lluvioso de hace 127 años quedaba inaugurado el puente internacional sobre el Miño, que unía las ciudades de Tui y Valença y, lo que es más importante, España y Portugal. Sobre su majestuosa estructura de hierro, se encontraron, frente a frente, la locomotora española ‘Alfonso XII’ y la lusa ‘Valença’.
En aquella época, el francés Alexandre Gustave Eiffel pasaba por ser uno de los más reputados ingenieros del Viejo Continente, si bien aún no se había comenzado a construir su obra más universal: la Torre Eiffel. Sin embargo, el parecido de la estructura del puente sobre el Miño con las obras del genio galo sembraron una duda que desembocó en error. Incluso, todavía hoy se conoce a esta infraestructura como el ‘puente de Eiffel’.
Nada más lejos de la realidad. En primer lugar, porque el ingeniero civil y arquitecto de Dijón estaba diseñando en aquellos años la Estación Central de Santiago de Chile, conocida como Estación Alameda. Y, lo más importante, porque el puente sobre el Miño es obra del ingeniero de Caminos Pelayo Mancebo de Ágreda, un riojano de buena familia que también hizo sus pinitos en la política.
Familia de terratenientes
Mancebo había nacido en Calahorra el 26 de junio de 1845, en el seno de una de las familias más pudientes de la provincia. De hecho, los Mancebo atesoraban múltiples propiedades tanto en la Ciudad de los Mártires como en La Rioja Baja en general, riqueza que ampliaron con posteriores matrimonios de notable interés, sobre todo con la familia Rada.
El padre, Francisco Mancebo Raón, de talante conservador, había sido diputado en Cortes en 1837 –en plena I Guerra Carlista– por el distrito de Calahorra, por lo que no es de extrañar que Pelayo también ocupara escaño (1884)–si bien por el distrito de Arnedo– y su hijo, Francisco Mancebo Igón (1907), igualmente por la ciudad del calzado.
En 1868, Mancebo de Ágreda obtuvo el título de ingeniero de Caminos en Madrid, donde coincidió durante un tiempo con Amós Salvador Rodrigáñez, que se licenciaría cuatro años después.
Ocupando el cargo de ingeniero jefe de la División de Ferrocarriles de Orense, fue designado para encabezar uno de los proyectos estrella de la España de Alfonso XII: el puente que uniría Galicia y Portugal. La decisión conjunta fue acordada por los gobiernos de Madrid y Lisboa el 31 de julio de 1879. Bajo el diseño del ingeniero calagurritano, los trabajos arrancaron el 15 de noviembre de 1881 y finalizaron el 10 de octubre de 1884.
Como fiel seguidor de la corriente de Eiffel, Mancebo se inspiró en las estructuras metálicas del maestro francés, aunque él fue el responsable original del proyecto. El coste ascendió a 1.259.143 pesetas, que se repartieron ambos países: a España le correspondieron 637.434,86 pesetas y a Portugal, las 621.708,14 pesetas restantes.
El puente, con una longitud de 399 metros, según publicó la prensa de la época, constaba de cinco tramos de celosía. «Los dos tramos laterales miden una luz de 61 metros, y los centrales de 66 metros entre los paramentos de los apoyos. Su altura desde el tablero superior sobre el lecho del río, es de 23 metros en crecidas ordinarias, y la altura media de las cimentaciones es de 14 a 22 metros. La parte metálica fue construida en los talleres belgas de la sociedad Braine-le-Compte. Y en todas las pilas se han construido hornillos, como medida preventiva», pues permitirían volar la infraestructura si España y Portugal entraran en guerra.
El puente internacional sobre el Miño continúa en funcionamiento, como una de las maravillas de la ingeniería española del siglo XIX.
Por lo que respecta a Pelayo Mancebo, emparentado con el marqués de Legarda, los barones de Berasque y otras familias de abolengo y cartera, falleció en Burgos el 5 de septiembre de 1912, siendo «inspector jubilado de ingenieros de caminos», informaba la publicación ‘El Papa-moscas’ de la ciudad castellana.
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